Queridos Reyes Magos
Por Carlos Entrambasaguas

Queridos Reyes Magos:

Vivimos días extraños. Un verdugo anciano se pasea por ahí exigiendo a sus víctimas que le pidan perdón, el ruido nos rodea y se hace difícil distinguir la verdad de las trivialidades.
Se ensalzan modelos perversos como la quintaesencia de lo humano, se crean terrores nuevos, se olvida el dolor de la gente al mismo ritmo que desaparece de las pantallas y es sustituido por dolores nuevos que no se extinguen al caerse de los titulares…

Vivimos días extraños. En una tierra tres veces elegida por Dios (y eso que todavía no se ha acabado el mundo) unos hombres construyen un muro para protegerse del odio alimentado entre otras cosas por la construcción de ese mismo muro.

Junto a los constructores de muros, otros hombres intentan construir puentes que lo salten con láminas de
  cristal. A veces las láminas se rompen y ellos se cortan las manos, pero vuelven al trabajo una y otra vez, con las manos ensangrentadas, tenaces e invisibles, como los milagros que ocurren en lo escondido.

En algún lugar, a la sombra de ese muro, están las ruinas del establo aquel, ¿lo recordáis? Mientras María miraba los regalos sin saber muy bien qué hacer con ellos y los camelleros hacían monerías al niño, me imagino a uno de vosotros cogiendo por el brazo a José, llevándoselo aparte. ¿Has pensado en Egipto, José? El caso es que Herodes parece un poco nervioso con un asunto de sueños, primogénitos y demás…
Y si nada de esto es posible, si sigo ciego, mudo, cobarde, perezoso e inconstante, al menos dadme un corazón compasivo con el dolor de mis hermanos.
  Ese fue el verdadero regalo que le hicisteis al niño, una vida para vivirla. Una vida para llegar a adulto y para que la profecía de Isaías que resonó en Nazareth años después se cumpliese, una vida para anunciar el año de Gracia del Señor. Y ese es el regalo que quiero.

Una visión profética, una voz verdadera, un espíritu valeroso, unos pies ligeros para recorrer el mundo, caminos para ser recorridos en Su nombre, una mochila pequeña para no poder cargar con demasiadas cosas. Ese es el regalo que quiero, una vida para emplearla en construir puentes de cristal sobre los muros aunque se me rompan en las manos, la tenacidad para construir mil puentes si se rompen novecientos noventa y nueve.

Y si nada de esto es posible, si sigo ciego, mudo, cobarde, perezoso e inconstante, al menos dadme un corazón compasivo con el dolor de mis hermanos.

Desde ahí son posibles todos los milagros.
 
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©Jesuitas. Provincia de Castilla. web@pastoralsj.org viernes, 18 de abril de 2014